Janice García Quiroz es Químico Farmacéutico Biólogo, Maestra y Doctora en Ciencias con especialidad en Farmacología por el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del I.P.N. Actualmente es Investigadora en Ciencias Médicas en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán en la CDMX donde dirige proyectos de investigación enfocados en el estudio de nuevos agentes para el tratamiento y prevención del cáncer de mama y cáncer cervicouterino. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores y tutor de maestría y doctorado en Ciencias Biológicas de la UNAM. janicegarciaq@gmail.com
La historia de la quimioterapia contra el cáncer comenzó en el escenario más inesperado, el campo de batalla. Un agente químico utilizado originalmente para destruir vidas, terminó convirtiéndose en uno de los tratamientos médicos más importantes contra esta enfermedad.
En 1860, el químico inglés Frederick Guthrie creó por primera vez el gas mostaza. Pese a su nombre, no era un gas, sino un líquido aceitoso, de color mostaza y altamente vesicante, que al contacto con la piel generaba dolorosas ampollas, mientras que sus vapores dañaban gravemente los ojos y las vías respiratorias. El 12 de julio de 1917, durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), el ejército alemán lanzó proyectiles cargados con gas mostaza contra el ejército británico cerca de Ypres, Bélgica. El ataque dejó miles de soldados con quemaduras severas, ceguera y graves problemas respiratorios. El médico estadounidense Edward Krumbhaar, al estudiar a los sobrevivientes, descubrió algo sorprendente: los glóbulos blancos de los pacientes habían disminuido drásticamente. Aunque en ese momento el hallazgo pasó inadvertido, la observación ofreció la primera pista de que el gas mostaza podía atacar células que se multiplican rápidamente.
En 1925, durante la Convención de Ginebra se prohibió el uso de armas químicas. Sin embargo, el gobierno de Estados Unidos creó la Unidad de Guerra Química y mantuvo la investigación en este campo. En este contexto, los científicos Louis S. Goodman y Alfred Gilman, de la Universidad de Yale, recibieron la misión de estudiar en secreto al gas mostaza. Goodman y Gilman no se interesaron en sus efectos vesicantes, sino en su capacidad de reducir los glóbulos blancos. Ellos confirmaron que variantes del gas mostaza conocidas como mostazas nitrogenadas también destruían estas células. Con base en esa evidencia, los investigadores se preguntaron si estas sustancias, administradas en dosis controladas, podrían destruir células cancerosas, que también se multiplican rápidamente. El 2 de diciembre de 1943, un trágico accidente aceleró la investigación. Durante la Segunda Guerra Mundial (1934-1945), la aviación alemana bombardeó el puerto de Bari, Italia, hundiendo el barco estadounidense John Harvey, que almacenaba en secreto toneladas de gas mostaza. La carga se liberó al mar generando una gran nube tóxica que afectó a cientos de soldados y civiles. El médico militar Cornelius Rhoads confirmó que las víctimas presentaban una caída drástica de sus glóbulos blancos, reforzando lo que Goodman y Gilman pensaban.
Tras pruebas exitosas en animales, los científicos llevaron a cabo el primer ensayo clínico en un paciente con linfoma avanzado que presentaba diversos tumores en el tórax, axilas, mandíbula y cuello. El paciente recibió 10 dosis de derivados del gas mostaza, específicamente la mostaza nitrogenada mecloretamina, y dos días después de la última dosis, los tumores desaparecieron completamente. Aunque el cáncer del paciente regresó meses después debido a la resistencia de las células, este experimento demostró por primera vez que una sustancia química inyectada en la sangre podía atacar y reducir tumores desde el interior del cuerpo.
En abril de 1946, los investigadores publicaron el trabajo, con el respaldo de distintas agencias, entre ellas el servicio de Guerra Química y la Armada de Estados Unidos. Ese mismo año, se publicó un segundo artículo en el que se describían las experiencias clínicas con el uso de las mostazas nitrogenadas.
Lo que nació como un arma de destrucción masiva se transformó en los cimientos de la quimioterapia convencional, abriendo las puertas de la esperanza a millones de personas en la lucha contra el cáncer.