Ismael Mancilla Herrera nació en 1984 en la Ciudad de México. Es Químico Farmacéutico Biólogo egresado de la Facultad de Química de la Universidad Nacional Autónoma de México. Cursó estudios de posgrado en Biomedicina, Biotecnología Molecular e Inmunología en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional. Actualmente se desempeña como Subdirector de Investigación Biomédica del Instituto Nacional de Perinatología “Isidro Espinosa de los Reyes”, donde desarrolla líneas de investigación enfocadas en la transferencia de inmunidad celular tolerogénica a través de la leche materna y en el impacto de las condiciones maternas sobre la respuesta inmunológica neonatal. Ha publicado diversos artículos científicos y capítulos de libro en temas relacionados con la biología perinatal y la inmunología del desarrollo, y participa activamente en la formación de nuevos investigadores.
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Cuando pensamos en un bebé, lo concebimos como un ser muy frágil. Es pequeño, depende por completo de sus padres y durante sus primeros meses puede enfermar con mayor facilidad. Por eso es común asumir que “todavía no tiene defensas”. Contrario a esta idea, el bebé nace con un sistema de protección que ya funciona; lo que ocurre es que sus defensas todavía están madurando y aprendiendo a responder a una vida completamente diferente fuera del útero.
Este aprendizaje no comienza al momento del parto, sino mucho antes. Durante la gestación se forman sus órganos y las células que participarán en su protección. Al nacer, el bebé ya cuenta con barreras fundamentales como la piel y las superficies que recubren la boca, la nariz, los pulmones y el intestino, además de células del sistema inmunológico capaces de reconocer señales de peligro y reaccionar frente a una amplia variedad de microorganismos.
Entonces, ¿por qué puede enfermar con mayor facilidad? Porque las defensas de un recién nacido no funcionan exactamente igual que las de un adulto.
Están adaptadas a una etapa muy particular de la vida en la que, en cuestión de minutos, el bebé pasa de vivir dentro del útero a respirar aire, alimentarse, tener contacto con otras personas y exponerse a un ambiente lleno de microorganismos.
Su organismo enfrenta entonces una tarea compleja: defenderse de aquello que puede representar un peligro y, al mismo tiempo, aprender a no reaccionar de manera excesiva frente a lo que forma parte normal de su entorno.
Por esta razón, algunas de sus respuestas frente a las infecciones pueden ser diferentes, menos intensas o estar reguladas de otra manera que en un adulto. Esto no significa que su sistema inmunológico esté apagado o incompleto, sino que se encuentra adaptándose a una etapa de enormes cambios.
Esta diferencia ayuda a explicar por qué los recién nacidos requieren cuidados especiales y por qué quienes nacen antes de tiempo pueden ser todavía más vulnerables.
Interesantemente, el bebé no comienza esta historia solo. Durante la gestación recibe de la madre una parte importante de su protección. Entre estas defensas se encuentran los anticuerpos, moléculas capaces de reconocer determinados microorganismos y que pueden ser transferidas de la madre al bebé a través de la placenta. Esta transferencia aumenta conforme avanza el embarazo, por lo que un nacimiento prematuro también significa haber tenido menos tiempo para recibir parte de esa protección.
Esta ayuda materna no dura toda la vida, pero resulta especialmente valiosa durante los primeros meses, mientras las propias defensas del bebé continúan desarrollándose. De esta manera, algunas vacunas recomendadas durante el embarazo pueden proteger no solamente a la madre. Al vacunarse, ella genera anticuerpos que pueden atravesar la placenta y llegar al bebé antes del nacimiento, acompañándolo durante un periodo en el que todavía es demasiado pequeño para recibir ciertas vacunas por sí mismo.
Después del nacimiento, esta protección continúa por otra vía: la leche materna y, particularmente, el calostro de los primeros días. Además de proporcionar nutrientes, contiene anticuerpos, células inmunológicas y moléculas con actividad antimicrobiana e inmunorreguladora que ayudan a proteger al recién nacido, especialmente en superficies como el intestino, donde ocurre una parte importante de su interacción con el ambiente.
Al mismo tiempo, el bebé comienza a encontrarse con una enorme cantidad de microorganismos. Contrario a la idea de que todos los microbios causan enfermedad, muchos comienzan a colonizar la piel, el intestino y otras superficies del cuerpo sin producir daño.
En conjunto forman parte de la microbiota y pueden participar en funciones importantes, como el aprovechamiento de nutrientes, la protección frente a algunos microorganismos potencialmente dañinos y, de manera muy relevante, en el aprendizaje temprano del sistema inmunológico. De esta forma, las defensas del bebé no sólo deben aprender a reconocer lo peligroso, sino también a distinguir aquello que puede tolerar y con lo que convivirá durante toda su vida.
Con el paso de las semanas y los meses, el bebé va acumulando experiencias. Sus propias defensas se vuelven más especializadas y algunas células adquieren la capacidad de conservar memoria de encuentros anteriores. Las vacunas aprovechan precisamente esta propiedad: preparan al sistema inmunológico para reconocer determinados agentes infecciosos y responder de manera más rápida y efectiva si llega a encontrarlos posteriormente.
Esto no significa que para “fortalecer las defensas” sea necesario exponer a un bebé a enfermedades o abandonar las medidas de cuidado. El desarrollo natural de su sistema inmunológico ocurre mientras conoce el mundo que lo rodea. La vacunación indicada para la madre y el bebé, el lavado de manos, evitar el contacto cercano con personas enfermas, una alimentación adecuada, la lactancia materna cuando sea posible y la atención médica oportuna ayudan a acompañar una etapa en la que todavía existe una mayor vulnerabilidad.
Por lo anterior, deberíamos dejar de pensar al recién nacido como alguien que llega al mundo completamente indefenso. Llega con un sistema inmunológico que ya trabaja, recibe parte de la protección y de la experiencia inmunológica de su madre y, desde los primeros días, comienza a construir la propia. Nacer no es el inicio de nuestras defensas, sino el momento en que comienzan a ponerse a prueba en el mundo real.