Infección por COVID19, vacunación, e incidencia de cáncer

La Dra. Lorenza Díaz Nieto obtuvo la licenciatura en Biología en la Universidad Simón Bolívar y el doctorado en Ciencias en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Desde 1988 labora en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, donde dirige proyectos de investigación enfocados en los efectos de la vitamina D en el organismo, particularmente en la gestación y el cáncer. Adicionalmente, realiza estudios relacionados con el mimetismo vasculogénico y los efectos antiinflamatorios de productos naturales. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores y funge como tutora de programas de Maestría y Doctorado en el posgrado en Ciencias Biológicas y Biomédicas de la UNAM.

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La pandemia por COVID19 se dio como resultado de la aparición del virus SARS‑CoV‑2 con capacidad de infectar a los humanos mediante transmisión aérea, afectando principalmente al sistema respiratorio. Más de 780 millones de casos y aproximadamente 7.1 millones de muertes por COVID-19 han sido reportadas desde 2019.

Asimismo, se calcula que hasta 2024 se habían aplicado alrededor de 13,000 millones de vacunas contra COVID-19, de donde 5,650 millones de personas recibieron al menos una dosis, cubriendo prácticamente al 70 % de la población mundial.

Esta cantidad enorme de individuos vacunados representa un acervo importante de información, que permite concluir sin lugar a duda que la vacunación contra COVID-19 ha salvado millones de vidas en todo el mundo, previniendo la enfermedad grave, hospitalización y muerte.

Recientemente, numerosas publicaciones han estudiado la relación entre la infección por SARS-Cov-2, la vacunación para este virus, y la incidencia del cáncer, existiendo controversia en torno al tema. La presente nota pretende exponer objetivamente los datos con los que se cuenta a la fecha.

En primera instancia, debe considerarse que el diagnóstico, seguimiento y tratamiento de pacientes con cáncer durante la pandemia fueron negados o retrasados significativamente debido a la emergencia sanitaria, lo que se reflejó en un incremento de la mortalidad por estas causas. Esta es una explicación razonable de porqué algunos estudios han reportado mayor incidencia de cáncer tras la aparición del SARS-Cov-2 y sus vacunas.

Sin embargo, algunos estudios han explorado la asociación entre proteínas virales (tanto de infección natural como inducida por vacunación) con el desarrollo de cáncer. En general, los datos de incidencia y muerte por cáncer señalan un aumento considerable, siendo especialmente preocupante en la población joven

Al respecto, hábitos como fumar, consumir alcohol y mantener dietas hipercalóricas contribuyen a dicho incremento. Casi 20 millones de nuevos casos y 9.7 millones de muertes asociadas a neoplasias han sido reportadas en 2022, y se prevé que aumentará hasta alcanzar 35 millones de nuevos casos en 2050

Particularmente, se ha reportado la aparición de tumores de rápido crecimiento y en etapas avanzadas, así como de recaídas en pacientes con cáncer tras la aparición del COVID-19 y sus vacunas. Varios estudios han sugerido ciertos mecanismos asociados a la vacunación y/o a la infección como factores contribuyentes o potenciadores.

Por ejemplo, la inflamación exacerbada o crónica, mecanismos moleculares que interfieren con procesos de reparación de DNA o con genes supresores de tumores, y regulación inmunológica. Sin embargo, es importante aclarar que no existe a la fecha evidencia científica contundente de una posible asociación entre el desarrollo de cáncer y las vacunas o la infección por COVID-19. No obstante, resulta interesante profundizar en los mecanismos que diversas investigaciones han vinculado entre el cáncer y dicha enfermedad.

Para entender más fácilmente, primero hay que conocer mejor al agente causante. El SARS-CoV-2 es un coronavirus esférico constituido por diversas proteínas estructurales que conforman la cápside, incluyendo la de la envoltura (E), de membrana (M), y espiga (Spike, S). La proteína S ha destacado primero porque sirve como una especie de llave para que el virus descargue su material genético en la célula diana, interactuando con las proteínas de membrana ACE2 y TMPRSS2. Segundo, porque ha sido la base para el diseño de las vacunas que inducen anticuerpos neutralizantes.

Interesantemente, se ha descrito que algunas células cancerígenas expresan más cantidad de ACE2 y/o TMPRSS2, facilitando así la infección viral, como es el caso del cáncer de riñón, de próstata, de esófago, y colorectal.

Además, los pacientes con cáncer están más expuestos a las infecciones al tener que acudir a sitios de concentración de personas potencialmente transmisoras, como los hospitales, y generalmente tienen el sistema inmune debilitado por la enfermedad misma y/o por su tratamiento. Esto último explica porqué los pacientes con cáncer no pueden responder ante la vacuna como lo haría una persona sana, y por ende no desarrollan la protección de igual forma, incrementando su vulnerabilidad.

Aunado a esto, al tener un sistema inmune desequilibrado o suprimido por los tratamientos para cáncer, la respuesta a la vacuna puede resultar impredecible, y se ha relacionado ocasionalmente con autoinmunidad, por lo que se aconseja cautela ante la aplicación repetida de refuerzos en estos pacientes.

En conclusión:

No existe a la fecha evidencia científica contundente de una posible asociación entre el desarrollo de cáncer y las vacunas o la infección por COVID-19.

No se ha establecido ninguna relación causal entre la vacunación de COVID-19, la infección por el virus, y el desarrollo del cáncer. Más aún, en el balance riesgo‑beneficio, la vacunación en pacientes oncológicos sigue siendo recomendada, ya que ha demostrado reducir complicaciones graves. Sin embargo, se sugiere vigilancia clínica individualizada.

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