¿Inminente rebrote epidémico?

Hipólito Lugo Cortés tiene una licenciatura en Derecho, maestría en Ciencias, Área de Derecho Público, y estudios de doctorado en Derechos Humanos. Es visitador de la Oficina en Guerrero de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). Fue secretario ejecutivo, secretario técnico, visitador general, y presidente del Comité para la Investigación de la Desaparición Forzada de Personas. También se desempeñó como presidente interino en la Comisión de los Derechos Humanos del Estado de Guerrero

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Como es del conocimiento de todos, con motivo de la llegada de la pandemia provocada por el Coronavirus, el año pasado las autoridades sanitarias establecieron un sistema de monitoreo vía semáforo de riesgo epidemiológico, compuesto por cuatro colores, con el objetivo de regular el uso del espacio público de acuerdo con el riesgo de contagio de COVID-19, pues a través de dicho medio se argumentó que podríamos identificar el nivel de riesgo epidémico y así modificar nuestras actividades.

Pero lamentablemente hemos visto que para establecer ese control de movilidad han prevalecido criterios económicos, de movilidad social, incluso hasta criterios electorales por el inicio de las campañas en este proceso electoral para renovar diversos cargos en las 32 entidades del país, sobre los criterios de salud, como aconteció en diciembre pasado y en esta semana santa; aunado a la flexibilidad de las autoridades para tolerar ese relajamiento.

Me pregunto si no sería más conveniente, práctico y objetivo, el suprimir ya ese “control sanitario” vía semáforo de riesgo epidemiológico y que todos asumamos la responsabilidad de autocuidado.

Las autoridades argumentan con meridiana verdad, que las personas tienen que trabajar para llevar el sustento a su familia, que no se les puede prohibir a los turistas visitar Guerrero, ello, aún a costa de poner en riesgo el derecho a la vida y a la salud; de ahí los grandes saltos de un color a otro, que refleja una evidente manipulación apartada de los niveles de riesgo epidemiológico, pues ¿cómo justificar el cambio abrupto del color rojo al amarillo sin transitar por el naranja?

Ya lo ha referido la Organización Mundial de la Salud, en el sentido que de no tomar en serio las medidas de salud, nos enfrentaremos a un problema mayor y a la consecuente carga más pesada para el sistema de salud; de ahí la necesidad de encontrar un delicado equilibrio entre la protección de la salud, la prevención de trastornos sociales y económicos y el respeto a los derechos humanos; lo que ya hemos también comentado en este espacio, el evitar en lo posible esa colisión de los derechos humanos a la vida y a la salud, frente al derecho al trabajo, a la alimentación, al derecho de reunión, etc. ¡vaya tarea a realizar!

Pero hemos visto un delicado relajamiento en el control de los riegos de contagio, basta con observar la afluencia de visitantes a los distintos destinos turísticos, así como el aforo a los establecimientos comerciales que ofrecen sus servicios sin ajustarse a la afluencia establecida por las autoridades; o bien, las diversas aglomeraciones de simpatizantes de tal o cual candidato o candidata a un puesto de elección popular, ver esa irresponsabilidad en la que incurren evidentemente los líderes políticos que colocan en un inminente riesgo a la salud a sus seguidores, privilegiando el derecho político a elegir y ser electos.

Por lo anterior, no es aventurado el diagnóstico a corto plazo –ojalá me equivoque-, en el sentido de que la actividad epidémica, pueda emerger de forma abrupta en lo que llaman como tercera ola, y se tenga la necesidad de imponer medidas más restrictivas, en detrimento de la vida pública y la economía.

No cabe duda que estamos aprendiendo a transitar hacia una nueva realidad, asumiendo riesgos y consecuencias, aún a costa de nuestra vida y salud; aquí es pertinente no olvidar que a esta fecha ya se rebasan los doscientos cinco mil decesos y muchos hemos conocido a alguna de esas personas que han perdido la batalla, o lo más triste, han sido nuestros seres queridos y que México no llega ni al 8 por ciento de personas vacunadas del total de la población.

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